
Con las túnicas rituales encima, el sujeto se prepara para iniciar la ceremonia semanal y se reúne con sus compañeros, para dirigirse a uno de los templos menores. Quienes se cruzan con el grupo se alejan rápido, intimidados quizás por los ropajes oscuros, las largas melenas y los ostentosos adornos. Pero, conforme pasa la [...]
Con las túnicas rituales encima, el sujeto se prepara para iniciar la ceremonia semanal y se reúne con sus compañeros, para dirigirse a uno de los templos menores. Quienes se cruzan con el grupo se alejan rápido, intimidados quizás por los ropajes oscuros, las largas melenas y los ostentosos adornos. Pero, conforme pasa la noche, las interacciones internas del clan revelan que, en realidad, bajo todo el cuero y los símbolos, los metaleros son puro corazón.
Y este órgano late al ritmo de guitarras eléctricas, bajos y baterías. La música es el sumun de la existencia de los amantes del rock metálico o heavy metal. En pequeños refugios, escondidos en las geografías de El Alto y La Paz, los exponentes de esta tribu urbana participan en reuniones donde los rápidos “riffs” y los “solos” de instrumentos hacen que las melenas vuelen y que las gargantas se irriten de tanto corear las letras.
Seguir leyendo el reportaje…

































Deja tu comentario